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YOUNIS: Las críticas de SJP no son histeria—son un reto para las normas de U.Va.

La polémica generada por las críticas de SJP al nuevo rector de Darden pasa por alto el punto fundamental de que SJP, al igual que cualquier otro grupo estudiantil, tiene todo el derecho a examinar a los líderes de la Universidad

Cientos de manifestantes exigen la liberación de Palestina y la protección de los estudiantes, en una foto tomada el 26 de marzo de 2025.
Cientos de manifestantes exigen la liberación de Palestina y la protección de los estudiantes, en una foto tomada el 26 de marzo de 2025.
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El 13 de agosto, Students for Justice in Palestine publicó una infografía en Instagram que detalla la trayectoria profesional de Yael Grushka-Cockayne, la nueva decana de la Darden Business School. Tras su publicación, numerosas personas, entre ellas un columnista de The Cavalier Daily, han criticado los detalles de la publicación de SJP. El revuelo y el rechazo a las críticas válidas de SJP sobre el nuevo cargo de liderazgo de Grushka-Cockayne reflejan una ignorancia absurda respecto del preocupante currículum de Grushka-Cockayne y, en particular, de su participación en las Fuerzas de Defensa de Israel. 

Gran parte del debate resultante se ha centrado en si la trayectoria profesional de Grushka-Cockayne constituye una participación directa en la violencia de Estado israelí y si el lenguaje utilizado por SJP fue lo suficientemente preciso. Sin embargo, lo que se ha pasado por alto es la comprensión fundamental de esta crítica. Cualquier líder merece ser sometido a escrutinio por su pasado profesional, independientemente de sus antecedentes y especialmente si tiene vínculos con brutales complejos militar-industriales a través de las FDI. No es de extrañar que los estudiantes cuestionen los criterios que la universidad aplica para decidir quién puede dirigir sus instituciones. Además, los estudiantes —en particular aquellos directamente afectados por el genocidio y otras acciones del Estado israelí— tienen motivos justificados para examinar el pasado de un líder universitario, ya que ocupar un cargo de autoridad institucional hace que esas afiliaciones resulten relevantes para los estudiantes a quienes representan.

Normalmente esperamos que los líderes de la universidad rindan cuentas de su trayectoria profesional, sus afiliaciones y sus cargos públicos. ¿Por qué esa crítica debería desaparecer cuando la institución a la que el líder pertenece es el FDI? 

La universidad les pide a los estudiantes, al cuerpo docente y a los administradores universitarios que demuestren no solo excelencia académica o profesional, sino también buen juicio, integridad y responsabilidad. El 25 de agosto, en su comentario sobre la publicación de SJP, Josh Hawkins comentó que a Grushka-Cockayne se le debería evaluar según criterios medibles, insinuando que los estándares éticos son secundarios. Esto plantea la pregunta obvia de cómo determinar qué constituye un criterio medible. ¿Acaso el historial de un candidato con un ejército extranjero es irrelevante? ¿Su relación con un gobierno culpable de abusos sistemáticos contra los derechos humanos deja de tener relación, de repente, con su labor en el ámbito académico? A Hawkins no debería sorprenderle que los estudiantes no quieran aceptar una decisión administrativa de la universidad sin cuestionar los valores y la moral de los nuevos dirigentes —un criterio medible en sí mismo—. La responsabilidad de la universidad no se limita a contratar a personas capaces de desempeñar sus funciones. También es garantizar que quienes ejercen el poder institucional ganen la confianza de las comunidades a las que sirven.

Un contraargumento a lo que sustenta la publicación de SJP es que criticar el servicio de Grushka-Cockayne en las FDI es antisemita e irrelevante para su potencial como nueva decana. Esto no podría ser más falso, ya que criticar la trayectoria profesional de una persona no equivale, por sí mismo, a criticar su nacionalidad. La nacionalidad es algo con lo que se nace, pero la participación o el apoyo a instituciones políticas y militares implica adoptar decisiones y posturas que pueden ser objeto de escrutinio. Además, el argumento de que «todos los israelíes prestan servicio» no pone fin a la discusión. El servicio militar obligatorio no implica que todos los israelíes compartan las mismas creencias sobre el Estado o el ejército, ya que hay quienes critican, se resisten o se distancian de la política militar israelí.

Incluso cuando el servicio militar es obligatorio, las declaraciones públicas de una persona y su relación con ese servicio siguen siendo objeto de análisis, especialmente cuando dicho servicio se presta en nombre de un Estado de apartheid y se convierte en parte de su identidad profesional. De hecho, Grushka-Cockayne ha manifestado su apoyo en entrevistas anteriores y ha afirmado que su experiencia en las FDI ha agudizado sus instintos de liderazgo en situaciones de incertidumbre. Es curioso cómo la participación en un ejército violento se relaciona con la capacidad de liderar a las próximas generaciones. En resumen, la publicación de SJP habla del servicio militar de Grushka-Cockayne en las FDI, ya que forma parte de su trayectoria profesional, que es de dominio público y se discute abiertamente —no solo porque sea israelí.

La publicación en redes sociales de SJP se centra en las prácticas deplorables de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), cuyo modus operandi consiste en atacar a los palestinos, lo que incluye, entre otras cosas, dispararles con francotiradores, matarlos de hambre y violarlos, tanto en Gaza como en Cisjordania. Sí, cuando formas parte de este ejército, se espera que, como mínimo, condenes esas acciones y dejes claro que no te identificas con lo que las FDI cometen a diario. Grushka-Cockayne no lo ha hecho. Además, el SJP no criticó a un miembro del cuerpo docente cualquiera que resultara ser israelí. Más bien, la crítica del SJP se basa en el orgullo que Grushka-Cockayne siente por su participación en las FDI, ya que obtuvo y mostró claramente en su currículum el Premio al Oficial Destacado otorgado por el presidente de Israel en 1995. El hecho de que Grushka-Cockayne exhiba públicamente este premio se alinea con la dignidad de servir a un ejército que ha atacado a los palestinos durante décadas.

El problema no es solo que Grushka-Cockayne haya prestado servicio en el cuerpo militar. Es que sirvió en una institución con un historial de violencia contra los palestinos profundamente cuestionado y ampliamente documentado, no ha denunciado las acciones de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y ahora es la nueva imagen de Darden. 

Los estudiantes no necesitan demostrar que Grushka-Cockayne cometió personalmente un crimen de guerra para cuestionar si debe ser nombrada decana de Darden. Es precisamente ahí donde el enfoque de Hawkins se vuelve contraproducente. Al convertir la crítica de SJP en una acusación de criminalidad individual, elude la pregunta de por qué la propia universidad ignoró esta parte del historial de Grushka-Cockayne. Que Grushka-Cockayne haya cometido, o no, personalmente un crimen de guerra no es lo que hace que su nombramiento merezca ser analizado. La pregunta es si su participación documentada y su apoyo a un ejército acusado de abusos atroces deberían tenerse en cuenta al evaluar su idoneidad para dirigir una de las instituciones de la Universidad.

Las críticas de SJP hicieron que algunos se sintieran incómodos, enojados e irritados. Pero la incomodidad no debería ser un motivo para descartar las preguntas que plantea. Si la Universidad exige altos estándares morales a sus estudiantes, ¿por qué no aplica esa misma expectativa a un decano que sirvió en uno de los ejércitos más sanguinarios de la historia moderna?

Nota del editor: Este artículo fue escrito originalmente por Ayat Younis el 16 de septiembre de 2026. Trabajamos para preservar el significado original en la traducción, pero no lo podemos garantizar.

Ayat Younis es una columnista de opinión que escribe sobre temas académicos para The Cavalier Daily. Se le puede contactar en opinion@cavalierdaily.com.

Las opiniones expresadas en esta columna no reflejan las de The Cavalier Daily. Las columnas representan solo los puntos de vista de sus autores.


Anthony Garcia Rangel

Anthony Garcia Rangel is a senior editor on the Spanish translation desk. He is a second-year Nursing student, minoring in Public Policy and Leadership. Anthony is from Culpeper, Va., and enjoys writing about news, student life and diverse communities. Outside of The Cavalier Daily, he is involved with several Latinx, nursing and other organizations on Grounds.

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